miércoles, 29 de febrero de 2012

vos, fumá...

Lo que sigue es una queja formal contra cierta cepa de fumadores:

Aún habiendo sido yo misma una fumadora, no puedo entender la relación que muchos de quienes fuman tienen con el cigarrillo. Ese vínculo patológico a un roll de tabaco ha sido puesto en evidencia de modo mucho más fuerte desde que se decidió que nuestra Patria fuera “libre de humo”. Veo a esta gente en invierno, con 3 grados de máxima, abrigados hasta la cabeza, fumando con sus guantes puestos en las mesas que los bares ubican afuera especialmente para ellos. También los veo en verano, con 40 grados a las 10 de la noche, sudando como pollos durante toda la comida sólo para poder fumar después de comer sin levantarse de la silla. Estos seres también apodan cariñosamente al cigarrillo en función del momento en que éste es encendido, y rara vez lo denominan propiamente “cigarrillo”; como quien entabla una relación familiar con un semejante, generalmente se lo llama pucho -que es como el “Pancho” de “Francisco”- pero es puchito cuando se le quiere imprimir cierta cuota de cariño y felicidad, como cuando se lo enciende después de comer (¿dale que después nos fumamos un puchito?); hay quienes a veces lo llaman cigarro para darle aires de trascendencia (“cuando miro películas de Kusturika siempre me prendo un cigarro”) y es cigarrillo sólo cuando se lo quiere comprar (¿vendés cigarrillos?). Estas personas se desesperan si no tienen tabaco en stock, compran atados al por mayor sin que los detengan los descomunales aumentos, y no pueden evitar ciertos cigarrillos, como el que muchos fuman religiosamente después del sexo, y los que los fuman igual de religiosamente después de comer, incluso decretando certezas que derriban toda la teoría de la evolución darwiniana (“si no fumo después de comer, no hago la digestión”).

En otro orden de cosas, o en el mismo, no se, me llama poderosamente la atención que el no-fumador sea visto (por el fumador) como un rompebolas, un aguafiestas poco tolerante con delirios de sanidad que disfruta de molestar al pobre prójimo fumador, que ya bastante tiene que vérselas con pronósticos de cáncer de todo tipo, de agotamiento físico crónico, de tos carrasposa y voz de Coco Basile, como para que encima le boicoteen el placentero acto de tragar humo. Y todas las cosas que he detallado más arriba, que parecen tan ajenas a mi existencia, no lo son en realidad desde el momento en que al Universo se le ocurrió dotarme de amigas que fuman. Todas, fuman. Como las quiero tanto, les soporto los malabares que hacen -y que en consecuencia me arrastran a hacer- para poder fumar en una ciudad que, como dije, es cada vez más libre de humo. Pero en cuanto verbalizo una objeción, me callan por ser una minoría insignificante. A la hora de elegir un lugar de encuentro no tengo voz ni voto; si no tiene espacio para fumar, se descarta la opción. El fin de semana pasado caminamos alrededor de 20 cuadras buscando un bar que tuviera mesas afuera, mientras yo iba piantando lagrimones dejando atrás mesas techadas con aire acondicionado. Son capaces de pedir que les instalen una mesa en desnivel, pegada a la de al lado, casi en la calle oliendo a cloaca y estratégicamente ubicada para que cada peatón se la lleve puesta, con tal de fumar sentadas y a pesar de que desde adentro saluden amplias mesas vacías, al resguardo de la climatización ambiental. Si sugiero entrar y que salgan a fumar cuando lo deseen, me responden con un categórico “es una paja” y desestiman mi moción; sin embargo hay casos de fuerza mayor donde no les queda otra que entrar a algún sitio, y en ellos siempre surge la conversación: “¿vamos a fumar un pucho?” “Dale, pero que alguna se quede con Anita, pobre…” Pobre Anita, que no fuma, y que así va por la vida, muriendo de calor en verano y de frío en invierno, padeciendo los males a los que se exponen quienes han desarrollado semejante adicción al cigarrillo, pero sin la ídem…

Me siento realmente discriminada y hablo en nombre de las minorías no fumadoras de los grupos de mayorías fumadoras.

¿Que dirá el INADI al respecto?

jueves, 12 de enero de 2012

Viva la Resistance

Muchos me juzgan como “alguien que se opone casi por inercia a lo instituido”. Muchos de esos muchos no lo definen con esas palabras, pero repiten que soy demasiado anti sistema, o que siempre estoy buscándole el sentido oculto a todo.

Bueno, ponele. Y acá vengo a seguir siendo así, porque muchos de esos muchos tambien me quieren como soy, incluso teniendo una cosmovisión diametralmente opuesta a la mía. Hoy, por cosas de la vida, recordé que más de una vez escuché que los creativos publicitarios son muy buenos en Argentina. Y además, mucho mejores que en España. Hace no tanto estuve en Andalucía viendo mucha televisión y comprobé que es cierto; incluso las gráficas en la vía pública son atroces allí. No estudié publicidad, pero me parece que la idea es vender el producto metiendo un bolazo creíble para que la gente lo compre (e.g. Nicotinell tiene un comercial donde las neuronas enloquecidas por la abstinencia sólo se calman con el parche que ellos venden) o unir el producto a un concepto, como el “blanco Ala” -cuando Ala seguramente blanquea las medias al igual que un pan de jabón. Quilmes y Andes celebran el encuentro y la amistad con cada comercial, haciendo que los consumidores se amiguen más con la marca que con la calidad de la cerveza.

No se qué es peor: si un pésimo comercial que evidencia demasiado lo que debiera ser subliminal, o uno demasiado bueno que vende buzones a mansalva. El primero te toma de pelotudo y el segundo te caga como desde el Zárate Brazo Largo.

En España abusan del primer caso y evidentemente la crisis ha llegado incluso a los salarios de los publicistas. No puedo creer que el siguiente sea un comercial al aire:

¿qué hacen allí las españolas de mediana edad no constipadas? ¿corren a comprar Activia por las dudas? ¿o leen lo que aparece ya ni siquiera entre líneas sino de forma absolutamente explícita, a saber: “necesitamos subir las ventas como sea, que a partir de ahora nos compren las que cagan seguido también”?

Al mismo tiempo pasaban este desastroso intento por (algo así como) asociar una tarjeta de crédito a una identidad, mediante el originalísimo recurso de llamarla “Soy”, y reproduciendo sin velo alguno la desagradable tendencia del ser humano a la frivolidad:

“tire su vieja cartera y cómprese una nueva” “el pulgar es vulgar” (¿queeee?) ¿Tan institucionalizado está el consumismo allí que cosas como ésta no llaman la atención? (Sí. Obviamente)

Siempre tuve mis reparos con respecto a la publicidad. Creo que se puede usar para fines nobles también (me encanta esta). Pero el abuso que se hace a la hora de vender fomentando el consumismo ya roza lo delirante y me molesta. Y más me molesta que funcione.



viernes, 11 de noviembre de 2011

Ruidos molestos

¿Qué es un ruido molesto? Porque la palabra ruido encierra toda una significación; la Real Academia dice que ruido es un sonido desarticulado, por lo general desagradable. Si yo pongo Blackbird al palo, mi vecino puede molestarse, pero de ninguna manera puede juzgar de ruido a los Beatles; pueden no gustarle, pero eso no es para nada un sonido desarticulado. Entonces, para empezar, creo que el código contravencional debería llamar “sonidos” a lo que ahora denomina “ruidos” (molestos).

Y por supuesto que no va de suyo que un ruido sea molesto, incluso a pesar de su volumen. Es sabido que el noise es un género musical que mucha gente disfruta y mucho. En especial el de origen nipón. O eso dice Gonzalo.

Y por otro lado, el que se molesta no es el ruido, sino quienes lo escuchan. Entonces para terminar con lo semántico del asunto, creo que la correcta denominación para ruidos molestos, sería “sonidos que molestan”.

Dejando de lado estas formalidades, toda esta introducción viene al hecho de que voy a demostrar cómo el contexto convierte a la Canción a la Bandera, a unos niños jugando, a un aire acondicionado y a una murga, en horribles sonidos que molestan.

1. Tengo que escribir un ensayo. Esta actividad me tiene más que ocupada, y mi estrés es inversamente proporcional a la cantidad de palabras escritas. Éste debe contener entre 3000 y 6000 palabras, y llevo exactamente 674. Me quedan 6 días.

Suficientes datos para transmitir que estoy un poco estresada.

2. Vivo en un cuarto piso que da al contrafrente en un barrio muy urbano de nuestra Ciudad de Buenos Aires. El precio que pago porque la luz entre casi todo el día, es que las únicas dos ventanas de mi hogar den al patio de un colegio público. El precio sube si se agrega el dato de que esta escuela, además de tener turno mañana y tarde, tiene turno noche. Y se encarece todavía más con este otro dato: esta escuela puntual está orientada a la recreación. En este caso, han formado una murga. Una MURGA.

Al lado del colegio, hay un banco. Un banco con unos enormes ventiladores que, a mi juicio, son los motores de los aires acondicionados que lo mantienen frío en verano, y caliente en invierno. Esos motores, hacen mucho ruido. Sí, ruido: sonido desarticulado y desagradable.

Es decir que si paso un día hábil entero en mi casa (esto suele suceder cuando tengo que estudiar o ESCRIBIR UN ENSAYO) me despierto a las 7.30 con la Canción a la Bandera, escucho un timbre cada 2 horas, luego del timbre pelotas rebotando y grititos de niños alborotados, dos horas después vienen más gritos e insultos típicos de púberes en desarrollo. Cuando todos estos alumnos están en clase, las turbinas del banco hacen lo suyo, aunque cada tanto paran, dejándome la sensación de haber perdido la audición por completo. Por supuesto que una vez que me acostumbro al silencio, hay otro recreo y más gritos y pelotas rebotando. La tarde transcurre igual que la mañana, pero sin Canción a la Bandera.

Y entonces llega la noche.

Los alumnos, eufóricos, pueblan el patio con sus tambores; el ritmo invade el ambiente y el pulmón de manzana se transforma en un corsódromo. Gracias a Dios que está en el cielo, no ensayan todos los días. Pero cada vez que lo hacen dejan una marca indeleble en cada circunvolución de mi cerebro. Hoy tocaron de 22 a 00:03. Dos horas y tres minutos de alegría estruendosa entrando por mi ventana cerrada, interponiéndose entre mi ensayo y yo.

Cuando pensé que todo había pasado, retomaron su actividad murguense en la vereda, que no por más lejana era poco audible. Es la 1.30 y siguen allí, sublimando su libido adolescente a toda potencia.

Las murgas me encantan. No constituyen para nada un sonido desarticulado, pero después de todos los demás sonidos, y con 674 palabras escritas, al final del día puedo concluir que estoy, como mínimo, molesta.

Que un abogado, Malnatti el ciudadano, Ernestina Pais o Macri me diga QUÉ DICE EL CÓDIGO CONTRAVENCIONAL sobre los "ruidos molestos" de una actividad que el mismo gobierno fomenta.

Buenas y silenciosas noches para todos.

martes, 18 de octubre de 2011

DE LOS PROFETAS Y SU TIERRA

Si algo me he cansado de escuchar a lo largo de mi vida, es la frase “en este país de mierda” antecediendo o a continuación de todo tipo de comentarios: La basura en el suelo, los bondis que no paran, la corrupción, la humedad, la hora pico, los baches, el tránsito, la caca de perro, la contaminación, el ruido, los vendedores ambulantes, la inflación, Tinelli, la novela de la tarde, los garcas, y otras cosas de las que la gente puede quejarse en algún momento de la vida. Y si bien yo misma me he quejado de esas cosas, nunca lo consideré atributo exclusivo del país en el que estos hechos tenían lugar, en este caso la República Argentina. Sé que hay matices a la hora de pegar onda con las personas de nuestro mismo origen, así es que estando en Brasil de vacaciones, al escuchar en la habitación de al lado “che boludo pasame el Fernet”, yo dije “qué bueno, argentinos!” al mismo tiempo que mi amiga decía “qué paja, argentinos!”.

Por eso yo vivo acá y mi amiga nunca volvió de Brasil. Pero me estoy desviando del tema central.

Después de un tiempo por otros países, he reforzado aún más mi postura Argentina-friendly y aquí vengo a revindicar a mi patria querida, que no por vapuleada es menos agradable. El argentino promedio es simpático, siempre está dispuesto a ayudar y tiene una cuota de carisma que difícilmente se encuentre en otras tierras. La gente aquí es cálida y le gusta hablar aunque no te conozca, por lo general sonríe mucho y saluda toda vez que se entra a un lugar. Pedir una pizza mitad muzzarella mitad napolitana no desconcierta a nadie, el afecto se demuestra sin tanto tapujo y el único beso en la mejilla argentino tiene más onda que los dos besos españoles o los tres besos franceses. La puteada argentina va cargada de pasión, sin ser tan violenta como la catalana o tan liviana como la parisina, o tan almidonada como la belga. El hombre argentino puede hablar de sus emociones sin sentirse homosexual, la argentina sabe seducir como ninguna otra y ambos van al psicólogo porque tienen ganas de resolver cosas que no rayan necesariamente la psicosis grave, y nadie los considera locos por analizarse. Amo que en Argentina el léxico psicoanalítico haya invadido el discurso coloquial, y que la señora de la esquina opine que el vecino “no resolvió el Edipo”. Los argentinos se abrazan entre sí y se dicen que se quieren, y no son vagos como se dice, sobre todo si se comprometen con una tarea. Suelen estar de buen humor a pesar de que las cosas no vayan tan bien y si alguien se pierde por la calle, se lo acompaña a destino si es necesario. En Argentina no llueve tanto y se ve el sol muy seguido, la música electrónica al palo se reserva a algunos sitios particulares y el día dura mucho más, ya que la cena se sirve no antes de las 9 y creo que nadie se acuesta antes de las 11. El argentino se hace amigo de sus compañeros de trabajo y sale con ellos a tomar cerveza un martes a las 8, y los códigos entre amigos suelen ser inquebrantables, se trate de hombres como de mujeres. Muchas de estas cosas yo las creía propias del ser humano, pero no es siempre así. Creo que el mate es una costumbre que evidencia bastante bien la familiaridad con la que el argentino trata a sus semejantes, ya que no suele detenerse a evaluar la clase de bacterias que habitarán la boca ajena en ese momento particular.

Es claro que hay excepciones: muchos argentinos nos avergüenzan. Pero el clima que se respira en Argentina te hincha los pulmones de buena onda, aunque haya cenizas volcánicas y smog.

En Madrid, el empleado de Aerolíneas me atendió con su mejor cara de orto y casi no me miró mientras hacía el check in. Como me habían sobrado 3 viajes de metro, se los regalé, y a cambio obtuve una mirada de reojo y un “gracias” forzado y desganado. Interpreté que estaba realmente agradecido, pero que ese era su modo de comunicarse.

Al llegar a Argentina, el empleado de migraciones me preguntó cómo estaba, sonrió, selló mi pasaporte y me despidió diciendo: listo Anita, suerte!

Y si bien el viaje fue una de las mejores experiencias de mi vida, sentí que no hay nada como volver a casa. Este no es, ni por lejos, un país de mierda.

lunes, 17 de octubre de 2011

Mantener la frecuencia de los posteos del blog había devenido en una presión incómoda. Sumado a que en el laburo habían bloqueado el acceso a todas las páginas que incluyeran la palabra “blog” en su contenido, y en consecuencia ya no poder leer blogs ajenos ni producir en los míos, me alejé de las luces de la fama. Me nutrí del anonimato un buen tiempo, dejé de ver televisión y de comer carne, organicé una marcha contra las grasas trans, probé medicina alternativa, luché por la vida asociación civil, crucé los Andes y decidí volver a escribir. Pero todo lo que hice antes de volver a las pistas no fue sin consecuencias: ahora no tengo pensado estresarme, y si sucede, colgaré el blog una vez más y a otra cosa. Total es gratis, y tampoco me pagan por escribir.

Ahora que estoy desenchufada del sistema, y siendo que he tomado una especie de blue pill, me tomo la vida con fernet con coca y aquí estoy, escribiendo desde (quizas no tan) lejanas tierras, dejándome llevar por el placer que encuentro al escribir, y el placer que algunos de ustedes encuentran al leer, aun no se bien porqué. Pero gracias.


(vuelvan pronto)

miércoles, 16 de marzo de 2011

MUTIS POR EL FORO

Existen varias razones por las cuales un Blogger puede abandonar la frecuencia de posteo de su blog. Estas pueden ser:

Económico-temporales: Cuando no se percibe salario alguno por hacer algo (como por ejemplo un blog), es muy difícil mantener una frecuencia aceptable si arden las otras áreas de la vida en las cuales sí se paga por hacer las cosas, aunque se las disfrute menos. La producción intelectual de los bloggers suele darse en los tiempos muertos del trabajo. Sin ellos, al menos este blog podría no existir.
Académicas: Se rinden exámenes o se presentan trabajos que consumen los recursos intelectuales al extremo de no tener neuronas disponibles para nada más.
Circunstanciales: Puede que haya surgido una apremiante urgencia para la cual se debe emplear todo el tiempo libre del que se dispone, con fines a terminar un proyecto antes de un deadline demasiado próximo, no necesariamente remunerado económicamente, pero de valor afectivo incalculable. Como el video del casamiento de tu mejor amiga, por poner un ejemplo cualquiera.
Médicas: El resultado de un estudio relativo a la salud del blogger no dio del todo bien, y buena parte de los recursos cognitivos se prestan a la dispersión absoluta, a googlear nombres técnicos y a presagiar un destino fatal.
Extracurriculares: el Blogger está emprendiendo actividades alternativas a las habituales con fines a perfeccionarse en algún rubro en el que antes no incursionaba, quitando horas de donde ya casi no quedaba tiempo.
Todas las anteriores: Puede que el Universo haya decidido agrupar todas las razones listadas en un mismo espacio temporal y que el pobre blogger no tenga tiempo ni capacidad de leer siquiera el diario.

Todo esto viene de paso a derribar el trillado mito de que un blogger es un gordo, flácido nerd, pálido con mucho acné, de tendencias masturbatorias graves, que vive en un sótano, que espía a sus vecinos y busca relacionarse vía Internet intentando compensar las nulas capacidades sociales que posee mediante su ocultamiento tras un alter-ego virtual. Y que no tiene nada más que hacer que leer comics, escribir un blog (o más) y ser mantenido por una madre absorbente y esquizofrenizante. No sé qué dirá el INDEC, pero me arriesgo a decir que 3 de cada 10 personas tienen un blog, y todos los blogs recomendados en este recinto de hilarancia (listados a la derecha) lejos están de ser como describí más arriba. El blogger desea postear seguido, pero su falta de inspiración no siempre va de la mano de la merma de las musas, sino que simplemente no puede uno sentarse a admirarlas a causa de los tiempos en los que nos toca vivir. Creo que Platón hubiera tenido un blog de Putísima Madre, y hubiera posteado muy seguido. Lástima que no vivió lo suficiente como para conocer Internet.

Es un buen momento para preguntarse porqué casi nunca se tiene tiempo para hacer lo que a uno realmente le gusta, no?


Bueno, estamos trabajando para mejorarlo.


Gracias, vuelvan pronto. Y si no actualicé, no se... será marea baja.

viernes, 28 de enero de 2011

Este loco Buenos Aires

Muchos sabrán que el tema de la locura me interesa. Algunos porque conocen mi profesión, otros porque habrán podido darse cuenta de que yo misma estoy bastante loca. Pero la locura en alguna medida le pone pimienta a la vida, nos abofetea un poco en la rutina y nos llena el haber de anécdotas. Claro que llevada al extremo no es nada grata, pero esos locos que andan dando vueltas por la ciudad gozan de mi plena simpatía. He visto cómo las personas “normales” huyen de los “locos” (me falta un término mejor) como si contagiaran la lepra, en vez de relajarse y disfrutar de ese encuentro. Nunca falta el que va cantando por la calle, el que piropea a mansalva, el que putea, el que reclama justicia, el que revela epifanías. A veces se ponen en contacto con las demás personas, y si en vez de alejarnos nos relajamos, podremos ver que esa persona no está ahí para hacernos el mal sino que encontró en su eventual interlocutor algo especial que lo llevó a dirigirle la palabra. Y si uno sonríe en vez de escapar o insultar, son tan peligrosos como lo puede ser un canario.

En una esquina del barrio de Belgrano hay un señor que deleita a quienes esperan en el semáforo con la melodía de un violín absolutamente desafinado. Los sonidos que emana ese instrumento se parecen más a un pizarrón arañado que a la música, y sin embargo su postura, su actitud y sus gestos y expresiones son los de quien está tocando la más perfecta pieza musical de todos los tiempos. Es realmente adorable.

La línea D del subte, cuenta entre sus pasajeros con un chico que mientras espera en el andén, practica pasos de baile (que pareciera ser tango). Estira el brazo a una compañera imaginaria, y hace una vueltita moviendo los pies hacia atrás, como si estuviera en La Viruta en medio de una milonga. Ni se inmuta con el hecho de que baila en un andén lleno de gente silenciosa y caras largas. Luego se sube al tren y viaja como cualquier hijo de vecino. Me alegra los 7 minutos que tarda el subte en llegar.

La plaza donde suelo almorzar es recorrida por muchas personas particulares. Un señor me vio entrándole a un sándwich de milanesa y me dijo, radiante, parado frente a mi y haciendo ademanes con las manos: “nena, si seguís así vas a perder la línea!!” (contribuyendo de ese modo a mantenerme a raya). Una señora cada tanto pasa, señala una institución militar que hay frente a la plaza y expone a viva voz a la multitud cómo la mantuvieron secuestrada “esos hijos de puta” en los 70. Y revela datos de un complot del que ahora no recuerdo detalles. Pero es muy interesante escucharla, y no me sorprendería que su historia fuera real.

Hay un limpiavidrios en Santa Fe y 9 de julio que piropea a todas las mujeres que cruzan por allí, sin más objetivos que el de lanzar el propio. Me dijo una vez: “Mujer, con esos ojos, ¿sabes qué lindos hijos tendríamos?” y siguió limpiando vidrios como si me hubiera dicho la temperatura.

Y mis amigos bien conocen mi encuentro con el “Homeless de las expensas”.
Hace un año salía del trabajo dudando si había pagado las expensas. Siempre me olvidaba de hacerlo y las pagaba vencidas. Juraba recordarlo pero al llegar a mi casa mi memoria navegaba las aguas de Memento y una vez más las dejaba impagas. Luego venían los intereses y lo que todos sabemos. Iba entonces caminando y frené en una esquina en el semáforo. Las expensas ya no eran parte de mis recuerdos y me sorprendió a ver a un homeless sin nada más que un pantalón raído y el pelo alborotado, parado frente a mi mirándome fijo. Me dirigía una incipiente sonrisa y una expresión amigable; no me pareció que tuviera más de 30 años y recuerdo que pensé que era muy flaco. Un poco incómoda por la excesiva atención que me prestaba, le devolví la sonrisa, y dijo algo que no entendí. Lo miré simulando haber entendido perfectamente y le dije “¿en serio?” segura de que el chico estaría desplegando algún tipo de delirio. “Si.” me respondió, sin dejar de sonreir. Enseguida el semáforo se puso en verde y se hizo a un lado para dejarme pasar, no sin antes decirme: “es hora de pagar las expensas”.

Nunca volví a verlo, pero siempre que paso por esa esquina lo recuerdo, y miro hacia ambos lados por si acaso tuviera algo más para decirme. Y nunca más me olvidé de pagar las expensas.

No me animo a decirles a esas personas que sus maneras hacen más colorido el mundo, pero les dedico este post, y aliento a quienes por aquí pasen a rescatar lo bueno de aquellos que van por la vida con una mirada distinta a la del sentido común.

sábado, 22 de enero de 2011

Algo que aprendí de Uruguay

Como no me detengo ni de vacaciones, estando en mis ídem me topé con ciertos detalles que definen a los uruguayos, seres que me agradaron de sobremanera. Y como Robelus es servicio*, vine a plasmarlo aquí incluso cuando mis vacaciones no terminaron, aunque ya no estoy en la Banda Oriental.

Los uruguayos están detenidos en los 80's. Los edificios, los carteles, las paletas de paddle en la playa y los cortes de pelo me hacían sentir Marty McFly. Son extremadamente confiados, simples, amables y respetuosos. No te cagan con el cambio o te dicen que no importa si les debes algunos pesos. Hacen chivitos buenísimos y los buñuelos de algas son espectaculares a pesar de su nombre. Y allí nació el Enzo por lo cual ya un poco los amaba antes de conocerlos.





Y son cannabis-friendly.


tengo que admitir que ver estos alfajores en el supermercado me desconcertó. Fue lo que más me desconcertó de los uruguayos.

y tengo que admitir que son riquísimos.

Uruguay, volveré y seré millones.

* cuando llegue a Bs As pago el copyright en el INPI

martes, 28 de diciembre de 2010

Adios Robelus

Mis queridos lectores,

Se cierra este blog. Los comentarios no son suficientes y Blogger me dio un ultimatum. Como mi rating no alcanza para la condición que me pusieron (un piso de 30 comentarios por día), a partir de mañana no hay más Robelus para el pueblo. Estoy preparando un recurso de amparo para que me lo devuelvan, pero la justicia es lenta. No se por cuánto tiempo no estaré limando en la matrix. En el mientras tanto, recordaré sus aportes con la esperanza de que algún día volvamos a cruzarnos.

Un cariño especial,

Anne.






Chisteeeeee! feliz día de los inocentes para todos.


miércoles, 22 de diciembre de 2010