Lo que sigue es una queja formal contra cierta cepa de fumadores:
Aún habiendo sido yo misma una fumadora, no puedo entender la relación que muchos de quienes fuman tienen con el cigarrillo. Ese vínculo patológico a un roll de tabaco ha sido puesto en evidencia de modo mucho más fuerte desde que se decidió que nuestra Patria fuera “libre de humo”. Veo a esta gente en invierno, con 3 grados de máxima, abrigados hasta la cabeza, fumando con sus guantes puestos en las mesas que los bares ubican afuera especialmente para ellos. También los veo en verano, con 40 grados a las 10 de la noche, sudando como pollos durante toda la comida sólo para poder fumar después de comer sin levantarse de la silla. Estos seres también apodan cariñosamente al cigarrillo en función del momento en que éste es encendido, y rara vez lo denominan propiamente “cigarrillo”; como quien entabla una relación familiar con un semejante, generalmente se lo llama pucho -que es como el “Pancho” de “Francisco”- pero es puchito cuando se le quiere imprimir cierta cuota de cariño y felicidad, como cuando se lo enciende después de comer (¿dale que después nos fumamos un puchito?); hay quienes a veces lo llaman cigarro para darle aires de trascendencia (“cuando miro películas de Kusturika siempre me prendo un cigarro”) y es cigarrillo sólo cuando se lo quiere comprar (¿vendés cigarrillos?). Estas personas se desesperan si no tienen tabaco en stock, compran atados al por mayor sin que los detengan los descomunales aumentos, y no pueden evitar ciertos cigarrillos, como el que muchos fuman religiosamente después del sexo, y los que los fuman igual de religiosamente después de comer, incluso decretando certezas que derriban toda la teoría de la evolución darwiniana (“si no fumo después de comer, no hago la digestión”).
En otro orden de cosas, o en el mismo, no se, me llama poderosamente la atención que el no-fumador sea visto (por el fumador) como un rompebolas, un aguafiestas poco tolerante con delirios de sanidad que disfruta de molestar al pobre prójimo fumador, que ya bastante tiene que vérselas con pronósticos de cáncer de todo tipo, de agotamiento físico crónico, de tos carrasposa y voz de Coco Basile, como para que encima le boicoteen el placentero acto de tragar humo. Y todas las cosas que he detallado más arriba, que parecen tan ajenas a mi existencia, no lo son en realidad desde el momento en que al Universo se le ocurrió dotarme de amigas que fuman. Todas, fuman. Como las quiero tanto, les soporto los malabares que hacen -y que en consecuencia me arrastran a hacer- para poder fumar en una ciudad que, como dije, es cada vez más libre de humo. Pero en cuanto verbalizo una objeción, me callan por ser una minoría insignificante. A la hora de elegir un lugar de encuentro no tengo voz ni voto; si no tiene espacio para fumar, se descarta la opción. El fin de semana pasado caminamos alrededor de 20 cuadras buscando un bar que tuviera mesas afuera, mientras yo iba piantando lagrimones dejando atrás mesas techadas con aire acondicionado. Son capaces de pedir que les instalen una mesa en desnivel, pegada a la de al lado, casi en la calle oliendo a cloaca y estratégicamente ubicada para que cada peatón se la lleve puesta, con tal de fumar sentadas y a pesar de que desde adentro saluden amplias mesas vacías, al resguardo de la climatización ambiental. Si sugiero entrar y que salgan a fumar cuando lo deseen, me responden con un categórico “es una paja” y desestiman mi moción; sin embargo hay casos de fuerza mayor donde no les queda otra que entrar a algún sitio, y en ellos siempre surge la conversación: “¿vamos a fumar un pucho?” “Dale, pero que alguna se quede con Anita, pobre…” Pobre Anita, que no fuma, y que así va por la vida, muriendo de calor en verano y de frío en invierno, padeciendo los males a los que se exponen quienes han desarrollado semejante adicción al cigarrillo, pero sin la ídem…
Me siento realmente discriminada y hablo en nombre de las minorías no fumadoras de los grupos de mayorías fumadoras.
¿Que dirá el INADI al respecto?

